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Biografías

 

PALENCIA

 PARA CRISTO

 
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Jonatan Edwards

 
 

El gran avivador, 1.703-1.758

 
     
 

El gran avivador, 1.703-1.758

Hace dos siglos que el mundo habla del famoso sermón, Pecadores en las manos de un Dios airado, y de los oyentes que se agarraban a los bancos pensando que iban a caer en el fuego eterno. Ese hecho fue solamente uno de los muchos que ocurrieron en aquellas reuniones, en que el Espíritu Santo desvendaba los ojos de los presentes, para que contemplaran las glorias de los cielos y la realidad del castigo que está bien cerca de aquellos que están alejados de Dios.

Jonatán Edwards fue la persona que más sobresalió en ese avivamiento que se llamaba el “Gran despertamiento”. Su vida es un destacado ejemplo de consagración al Señor, para el mayor desarrollo del entendimiento, y sin ningún interés personal, de dejar al Espíritu Santo que hiciera uso de ese mismo entendimiento como un instrumento en sus manos. Jonatán Edwards amaba a Dios, no solamente de corazón y alma, sino también con todo su entendimiento. “Su mente prodigiosa se apoderaba de las verdades más profundas.” Sin embargo, “su alma era de hecho un santuario del Espíritu Santo”. Bajo una calma exterior aparente, ardía e! fuego divino, como un volcán.

Los creyentes de hoy le deben a ese héroe, gracias a su perseverancia en orar y estudiar bajo la dirección del Espíritu, el retorno a varias doctrinas y verdades de la iglesia primitiva. Fue grande el fruto de la dedicación del hogar en que nació y se crió. Su padre fue pastor amado de una misma iglesia durante un período de sesenta y cuatro años. Su piadosa madre era hija de un predicador que pastoreó una iglesia durante más de cincuenta años.

De las diez hermanas de Jonatán, cuatro eran mayores que él y las otras seis eran menores. “Muchas fueron las oraciones que sus padres elevaron a Dios, para que su único y amado hijo varón fuese lleno del Espíritu Santo, y llegase a ser grande delante del Señor. No solamente oraban así, con fervor y constancia, sino que se dedicaron a criarlo con mucho celo para el servicio de Dios. Las oraciones hechas alrededor del fuego del hogar los inducían a esforzarse, y sus esfuerzos redoblados los estimulaban a orar más fervorosamente… Aquella enseñanza religiosa y constante hizo que Jonatán conociese íntimamente a Dios, cuando aún era muy pequeño.”

Cuando Jonatán tenía siete u ocho años, hubo un avivamiento en la iglesia de su padre, y Jonatán se acostumbró a orar sólito, cinco veces, todos los días, y a llamar a otros niños para que oraran con él.

Aquí citamos sus palabras sobre este asunto: “La primera experiencia, que recuerdo, de sentir en lo Intimo la delicia de Dios y de las cosas divinas, fue al leer las palabras de 1Ti_1:17: ‘Por tanto, al Rey de los siglos, inmortal, invisible, al único y sabio Dios, sea honor y gloria por los siglos de los siglos, Amén.’ Sentía la presencia de Dios hasta arderme el corazón y abrasarme el alma de tal manera, que no sé cómo describirla. .. Me gustaba pasar el tiempo mirando la luna, y de día, contemplaba las nubes y el cielo. Pasaba mucho tiempo observando la gloria de Dios, revelada en la naturaleza, y cantando mis contemplaciones del Creador y Redentor. Antes sentía mucho miedo al ver los relámpagos y oír el estruendo de los truenos. Sin embargo, más tarde me regocijaba al oír la majestuosa y terrible voz de Dios en la tronada.”

Antes de cumplir los trece años, inició sus estudios en el Colegio de Yale, donde en el segundo año, leyó atentamente la famosa obra de Locke: Ensayo sobre el entendimiento humano. Se ve en sus propias palabras acerca de esa obra, el gran desarrollo intelectual del muchacho: “Encontré más gozo en su lectura, que el que siente el más ávido avaro al juntar grandes cantidades de oro y plata de tesoros recién adquiridos.”

Edwards, antes de cumplir los diecisiete años, se graduó en el Colegio de Yale con las más altas calificaciones. Siempre estudiaba con mucho ahínco, pero también buscaba tiempo para estudiar la Biblia diariamente. Después de graduarse, continuó sus estudios en Yale, durante dos años, y entonces fue elegido para el ministerio.

Refiriéndose a esa época su biógrafo escribió acerca de su costumbre de dedicar ciertos días para ayunar, orar y hacer examen de conciencia.

En lo que se refiere a su consagración, cuando tenía veinte años Edwards escribió: “Me dediqué solemnemente a Dios y lo hice por escrito, entregándome yo mismo y todo lo que me pertenecía al Señor, para no pertenecerme más en ningún sentido, para no consolarme como el que de una forma u otra se apoya en algún derecho… presentando así una batalla contra el mundo, la carne y Satanás, hasta el fin de mi vida.”

Alguien se refirió a Jonatán de esta manera: “Su secreta, pero constante y solemne comunión con Dios hada que su rostro resplandeciese delante de los hombres, y su apariencia, su semblante, sus palabras y todo su comportamiento estuvieron siempre revestidos de seriedad, gravedad y solemnidad.”

A los veinticuatro años se casó con Sara Pierrepont, hija de un pastor, y de ese enlace nacieron, como en la familia del padre de Edwards, once hijos.

Al lado de Jonatán Edwards, en el Gran Despertamiento, estaba el nombre de Sara Edwards, su fiel esposa y colaboradora. Igual que su marido, ella nos sirve como ejemplo de rara intelectualidad, profundamente estudiosa, y entregada enteramente al servicio de Dios. Era conocida por su santa dedicación al hogar y a criar a sus hijos, y por la economía que practicaba, siguiendo las palabras de Cristo: “Para que nada se pierda.” Pero, sobre todo, tanto ella como su marido eran conocidos por las experiencias que tenían en la oración. Se hace mención destacada de que, especialmente durante un periodo de tres años, a pesar de estar gozando de perfecta salud, repetidas veces ella se quedó sin fuerzas debido a las revelaciones de los cielos. Su vida entera era de intenso gozo en el Señor.

Jonatán Edwards acostumbraba pasarse estudiando y orando trece horas diarias. Su esposa también lo acompañaba diariamente en la oración. Después de la última comida, él dejaba todo cuanto estuviera haciendo, para pasar una hora con su familia.

Pero ¿cuáles fueron las doctrinas que la iglesia había olvidado y cuáles las que Edwards comenzó a enseñar y a observar de nuevo, con manifestaciones tan sublimes?

Basta una lectura superficial para descubrir que la doctrina a la cual dio más énfasis, fue la del nuevo nacimiento, como una experiencia cierta y definida en contraste con la idea de la Iglesia romana y de varias denominaciones, de que es suficiente aceptar una doctrina. Un gran número de creyentes despertó ante el peligro de pasarse la vida sin tener la seguridad de estar en el camino que lleva al cielo, cuando, en realidad, estaban a punto de caer en el infierno. No se podía esperar otra reacción sino que aquellos que fueron despertados se llenaran de gran espanto.

El evento que marcó el comienzo del Gran Despertamiento, fue una serie de sermones predicados por Edwards sobre la doctrina de la Justificación por la fe, que hizo que los oyentes sintieran la verdad de las Escrituras, de que toda boca permanecerá cerrada en el día del Juicio final, y que “no hay nada absolutamente que, por un momento, evite que el pecador caiga en el infierno, a no ser la buena voluntad de Dios”.

Es imposible evaluar el grado del poder de Dios, derramado para despertar a millares de almas para la salvación, sin antes recordar las condiciones que prevalecían en las iglesias de Nueva Inglaterra y del mundo entero en aquella época. ¿Quién hasta hoy no se admira del heroísmo de los puritanos que colonizaron los bosques de Nueva Inglaterra? Sin embargo, esa gloria había quedado atrás y la iglesia, indiferente y llena de pecado, se encontraba cara a cara con el mayor desastre. Parecía que Dios no quería bendecir la obra de los puritanos, obra que existió únicamente para la gloría de Dios. Por eso, en el mismo grado que había habido coraje y ardor entre los pioneros, había entre sus hijos perplejidad y confusión. Si no podían alcanzar de nuevo la espiritualidad de la iglesia, sólo les quedaba esperar el juicio de los cielos.

El famoso sermón de Edwards: “Pecadores en las manos de un Dios airado”, merece una mención especial.

El pueblo, al entrar para asistir al culto, mostraba un espíritu de indiferencia y hasta falta de respeto ante los cinco predicadores que estaban presentes.
Jonatán Edwards fue escogido para predicar. Era un hombre de dos metros de altura; su rostro tenía un aspecto casi femenino, y su cuerpo estaba muy enflaquecido de tanto ayunar y orar. Sin hacer ningún gesto, apoyado con un brazo sobre el pulpito, sosteniendo el manuscrito con la otra mano, hablaba en voz monótona. Su discurso se basó en el texto de Deuteronomio 32:35: “A su tiempo su pie resbalará.” 

Después de explicar ese pasaje, añadió que nada evitaba por un momento que los pecadores cayesen al infierno, a no ser la propia voluntad de Dios; que Dios estaba más encolerizado con algunos de los oyentes que con muchos de los que ya estaban en el infierno; que el pecado era como un fuego encerrado dentro del pecador y listo, con el permiso de Dios para transformarse en hornos de fuego y azufre, y que solamente la voluntad de Dios, indignado, los guardaba de una muerte instantánea. 

Prosiguió luego, aplicando el texto al auditorio: “Ahí está el infierno con la boca abierta. No existe nada a vuestro alrededor sobre lo que os podáis afirmar y asegurar. Entre vosotros y el infierno existe sólo la atmósfera… hay en este momento nubes negras de la ira de Dios cerniéndose sobre vuestras cabezas, que presagian espantosas tempestades con grandes rayos y truenos. Si no fuese por la soberana voluntad de Dios, que es lo único que evita el ímpetu del viento hasta ahora, seríais destruidos y transformados en una paja de la era… El Dios que os sostiene en la mano sobre el abismo del infierno, más o menos como el hombre sostiene una arana u otro insecto repugnante sobre el fuego, por un momento, para dejarlo caer después, está siendo provocado en extremo. .. No sería de admirar si algunos de vosotros, que están llenos de salud y se encuentran en este momento tranquilamente sentados en esos bancos, traspusiesen el umbral de la eternidad antes de mañana…”

El resultado del sermón fue como si Dios hubiese arrancado un velo de los ojos de la multitud, para que contemplaran la realidad y el horror de la situación en que se encontraban. En ese punto, el sermón fue interrumpido por los gemidos de los hombres y los gritos de las mujeres, que se ponían de pie o caían al suelo. Fue como si un huracán soplase y destruyese un bosque. Durante la noche entera la ciudad de Enfield estuvo como una fortaleza sitiada. Oíase en casi todas las casas el clamor de las almas que, hasta aquella hora hablan confiado en su propia justicia. Esperaban que en cualquier momento Cristo fuese a descender de los cielos, rodeado de los ángeles y de los apóstoles, y que las tumbas se abriesen para entregar a los muertos que en ellas había.

Tales victorias contra el reino de las tinieblas se ganaron de rodillas. Edwards no habla abandonado ni habla dejado de gozar los privilegios de las oraciones; una costumbre que él tenia desde niño. También continuó frecuentando los lugares solitarios del bosque, donde podía tener comunión con Dios. Como un ejemplo citamos la experiencia que él tuvo a los treinta y cuatro años de edad, cuando entró al bosque a caballo. Allí, postrado en tierra, le fue concedido tener una visión tan preciosa de la gracia, amor y humillación de Cristo como Mediador, que pasó una hora vencido por un torrente de lágrimas y llanto.

Como era de esperarse, e! maligno trató de anular la obra gloriosa del Espíritu Santo en el “Gran Despertamiento,” atribuyéndolo todo al fanatismo. En su defensa Edwards escribió: “Dios, conforme a Las Escrituras, hace cosas extraordinarias. Hay motivos para creer, según las profecías de la Biblia, que la más maravillosa de sus obras tendrá lugar en las últimas épocas del mundo.Nada se puede oponer a las manifestaciones físicas como son las lágrimas, gemidos, gritos, convulsiones, desmayos… En efecto, es natural esperar, al asociar la relación que existe entre el cuerpo y el espíritu, que tales cosas sucedan. Así hablan las Escrituras, refiriéndose al carcelero que se postró ante Pablo y Silas, angustiado y temblando. El salmista exclamó, bajo la convicción de pecado: “Se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día” (Sal_32:3). Los discípulos, en la tempestad del lago, gritaron de miedo. La novia en el Cantar de los Cantares quedó vencida, por el amor de Cristo, hasta desfallecer…”

Lo cierto es que en Nueva Inglaterra comenzó, en 1740, uno de !os mayores avivamientos de los tiempos modernos. También es cierto que ese movimiento se inició, no con los sermones célebres de Edwards, sino con la firme convicción que él tenía de que hay una “obra directa que el Espíritu divino realiza en el alma humana”. Nótese bien: no fueron esos sermones monótonos, ni la elocuencia extraordinaria de algunos como Jorge Whitefield, sino la obra del Espíritu Santo en el corazón de los muertos espiritualmente, que, “comenzando en Northampton, se esparció por toda Nueva Inglaterra y por las colonias de América del Norte, llegando hasta Escocia e Inglaterra”.

En un período de dos a tres años, la Iglesia de Cristo despertó de una época de la mayor decadencia, entre la escasa población de Nueva Inglaterra, siendo arrebatadas de treinta a cincuenta mil almas del infierno.

En medio de sus luchas, y cuando menos se esperaba, Jonatán Edwards dejó de existir. Apareció en Princeton una epidemia de viruelas y un hábil médico fue llamado de Filadelfia para vacunar a los estudiantes. Nuestro predicador y dos de sus hijas fueron vacunados también. Debido a la Fiebre resultante de esa vacunación, las fuerzas de nuestro héroe fueron disminuyendo gradualmente, hasta que un mes después falleció.  

Uno de sus biógrafos se refiere a él de la siguiente manera: “En todas partes del mundo donde se hablaba el inglés, (Edwards) era considerado como el mayor erudito desde los días del apóstol Pablo o de Agustín.”

Para nosotros, la vida de Jonatán Edwards es una de las muchas pruebas de que Dios no quiere que despreciemos las facultades intelectuales que él nos concede, sino más bien que las desarrollemos, bajo la dirección del Espíritu Santo, y que se las entreguemos desinteresadamente para su uso exclusivo.

 
 

TOMADO DEL LIBRO: BIOGRAFÍA DE GRANDES CRISTIANOS

 
       
 

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