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de todos. El
que quiera tener ya esta nueva vida -que es la Vida Eterna-
tiene que repudiarse a si mismo aceptando la devastadora
estimación de Dios, y doblegarse sin argumentos o disculpas bajo
su sentencia: la cruz.
Habiendo hecho
esto, Dios invita a todo hombre a que acuda con fe sencilla y
sincera al Salvador Jesucristo, y de el reciba nueva vida,
perdón y poder (Juan 3). La cruz que puso fin a la vida de Jesús,
pone también fin a la vieja vida del pecador que se asocia con
El. Y el poder que levantó a Cristo de la muerte, le resucita
también a una vida nueva juntamente con Cristo. Esto era tanto
la experiencia como el mensaje de los apóstoles de Dios. “Con
Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo; es Cristo
quien vive en mi. Y la vida que ahora vivo en el cuerpo, la vivo
en la fe en el Hijo de Dios, que me amó se entregó a si mismo
por mi”. (Gálatas 2: 20).
No era un
mensaje popular. Exigía arrepentimiento y fe en Cristo. (Hechos
de los Apóstoles 20: 21). El escándalo y la ofensa que causaba
era hondo y real. Era el hacha puesta a la raíz de las
instituciones religiosas, filosóficas y culturales de los
hombres de entonces; a su orgullo y estima personal. Y sigue
siendo el único mensaje válido hoy por las mismas razones y con
los mismos resultados. Hace bajar al devoto de su altar y al
virtuoso de su pedestal, colocándolos en la calle junto a las rameras y los borrachos, para oír la inexorable sentencia de
muerte y condenación sobre todos igualmente. Pero después ofrece
la salvación a todos, sin distinciones, sobre la sola base de la
soberana gracia y perdón de Dios, para que solamente Dios sea
glorificado. (Efesios 2: 8, 9).
Cualquiera que
acepta y predica este mensaje de la cruz, hoy, encontrará que la
ofensa inherente en el mismo existe aun, por mucho que se estile
la cruz en nuestra sociedad. Pero habrá descubierto la verdadera
cruz; la que salva, el portal a la Vida. Será también su canción
de confianza y la base de su eterna seguridad. Así se expresaba
San Pablo: “Líbrame Dios de presumir de otra cosa que no sea
la cruz de nuestro Señor Jesucristo ... lo único que vale es
haber sido creados de nuevo”. (Gálatas 6: 14, 15).
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“Porque el
mensaje de la cruz es una tontería para los que están en camino
de perdición; mas para los que están en camino de salvación,
para nosotros, es poder de Dios”. (1 Corintios 1: 18)
Dios es
soberano. Hace lo mejor. Y ha querido hacer nuevos hombres.
¿Cómo? Con su mensaje de vida y poder: la cruz.
La cruz de la
Biblia es un símbolo inflexible de condenación y muerte, nada
menos. Representa el fin abrupto y violento de un ser humano
ajusticiado por infringir la ley. La Cruz no pretendía mejorar o
reformar a la víctima, sino terminar con ella sin concesión
alguna. No modificaba nada, ni perdonaba nada. Al acabar su
obra, el hombre dejaba de existir.
Así es la cruz
de la Biblia. Se levanta ante cada ser humano a causa de la
Santa Ley de Dios violentada por el hombre, para llevar a cabo
la sentencia divina impuesta por esa misma ley. Las palabras
divinas son claras: “No hay justo ni aun uno ... todo el
mundo se sienta reo de culpa ante Dios ... todos pecaron y están
privados de la gloria de Dios ... el salario del pecado es la
muerte”. (Romanos 3: 10, 19, 23; 6: 23). Todos culpables.
Todo bajo sentencia de muerte. Merecemos la cruz.
La estrategia
de Dios no es la de poner parches a la vida. Es la de ofrecer a
todo hombre o mujer una vida totalmente nueva y diferente,
después de que cada uno reconozca y acepte la sentencia de
muerte sobre la vieja vida, la normal,
la
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