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Un día fue Jesús de visita a la
ciudad de Jericó. Allí había un hombre que se llamaba Zaqueo.
Era rico y se dedicaba a cobrar impuestos.
Este hombre deseaba ver a Jesús,
pero no podía verlo porque era muy pequeño de estatura, y además
había otros hombres mas altos que él que le impedían verlo.

Temiendo que iba a perder la
oportunidad de ver al Maestro corrió un poco hacia adelante y
trepó por un árbol hasta que
consiguió
subirse en él, porque por allí tenía que pasar Jesús.
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Zaqueo había oído que Jesús era un
hombre maravilloso y extraordinario y que las vidas de algunas
personas habían sido milagrosamente cambiadas por su poder. Y él
quería que su mala e infeliz vida fuera cambiada también.
Cuando Jesús llegó cerca del árbol,
miró arriba y vio al pequeño Zaqueo y dijo: "Zaqueo, date
prisa, desciende. Hoy tengo que ir a tu casa". Al oír esto la
gente comenzó a murmurar: "Ha ido a casa de un hombre malo.
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Una vez que
llegaron a su casa, Zaqueo dijo al Señor: "Señor, daré a los
pobres la mitad de todo lo que tengo, y si le ha quitado algo a
alguien le devolveré cuatro veces mas". (Lucas 19: 8)

Al oír Jesús
estas sinceras palabras le dijo: "Zaqueo, hoy ha venido la
salvación a tu casa". Dirigiéndose a los demás les dijo: "Yo he
venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido".

Zaqueo estaba
viviendo una vida mala, pero Jesús la cambió en buena. Zaqueo
estaba perdido, pero Jesús lo salvó: Y eso es lo que todos
debemos desear. Que el Señor cambie nuestra vida y nos salve de
todos nuestros pecados. Pero antes hay que reconocer lo que
hemos hecho malo, como hizo Zaqueo; y después estar dispuestos a
vivir de acuerdo con lo que el Señor nos dice en la Biblia:
"Arrepentíos y convertíos para que sean borrados vuestros
pecados (Hechos 3: 19)
Aquel hombre
pequeño de estatura recibió a Jesús con alegría y después de
haber oído su palabra fue salvo. Nosotros también podemos ser
salvos si oímos las palabras del Señor y lo recibimos con mucha
alegría en nuestro corazón.
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